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Palos de Ciego

Túnez día 5: El Gran Erg

18:37, Hotel Bereber Matmata 

Dicen que por aquí se rodó la Guerra de las Galaxias y... 

De acuerdo voy a andarme por las ramas, si soy culpable, desde el punto de vista que quieras, moral social, global aunque  no lega y no podrán encarcelarme. Tendré que trabajar mucho para redimirme en la otra vida por que lo que es en esta.

 No puedo alegar que no lo sabía  porque me lo dijeron el primer día, nada más bajar del avión. 

Ya comente la última vez que escribí, hace dos días que iba a profanar el desierto y así lo he hecho.

 Salimos temprano de Douz, dirección Matmata, donde me encuentro ahora escribiendo. Allí nos esperaba nuestro guía, Daniel, un francés de pelo largo y canoso y muchas horas de desierto pegadas en la piel y un compañero, Pascal, amigo suyo de la infancia que estaba por allí de vacaciones y nos iba acompañar como coche escoba. 

¿He dicho coche?, no coche no, quad, un quad para cada uno, en los que íbamos a llegar al oasis de Ksar Ghilane. 70 Km. en un día, 30 por una pista de tierra y piedras llena de baches con el inconveniente de que era la primera vez que muchos cogíamos un trasto de estos. Linda máquina, como dice Roberto el Argentino, bien diseñada. Estoy de acuerdo con él. Y lo demostraron en los 40 Km. de dunas que tuvimos que recorrer hasta llegar al oasis. Las dunas del gran desierto del Sahara. Hay gente que siente lo insignificante que es el ser humano mirando las estrellas. No ha que irse tan lejos, basta tan solo con darse un paseo por el Gran Erg, aunque sea en una de sus zonas más benignas, si es que se pueda decir que tiene alguna.Kilómetros de fina arena que se extienden hasta donde la vista  no alcanza, de colores a veces ocre a veces oro. Salpicada por plantas con el valor suficiente para crecer aquí, luchando contra el calor y las dunas. Un lugar en la tierra de una belleza que duele tan solo con recordarla, más bella aún cuando se sabe peligrosa.Detenerse un instante a escuchar como pasa el tiempo en este lugar, inexorable, sin prisa, poderoso, con toda la eternidad por delante. Un tiempo orgulloso de una de sus obras maestras, el desierto del Sahara. Sentir el viento en la cara, un viento cargado de historias y leyendas. El sol no te alumbra, te golpea con sus rayos, dudando si perdonarte o no la vida. 

Y yo he aceptado mancillar este templo de la naturaleza, no por el mero hecho de atreverme a atravesar un pequeño trecho sin pedirle permiso primero. Si no por hacerlo motado en un artilugio de cuatro ruedas que marcaban su cuerpo, una maquina infernal que exhalaba un aliento de humo negro y pestilente, un bicho gritón que mataba a cada segundo la tranquilidad de un sitio tan sagrado como puede serlo cualquier lugar de este mundo.

 Lo peor de todo, he disfrutado haciéndolo. He disfrutado de cada duna remontada, de cada salto, de cada caída, de todas y cada una de las sensaciones experimentadas, el vuelco de estomago en cada aceleración, la subida de adrenalina cuando sientes que no estás seguro que vayas a controlar el siguiente aterrizaje...Roberto tenía razón: linda maquina del infierno has tirado por tierra alguna de mis convicciones más antiguas.

 ¿Qué si voy a repetirlo? quién sabe, en principio sigo renegando de este tipo de actividades.

 ¿Qué si me arrepiento?, ni un ápice señoría, que conste bien claro en el acta. 

Que conste también que por esta vez no he recibido ningún castigo por parte del ofendido. Tan seguro de su actual poder el desierto no ha protestado por mi osadía. 

Es más al llegar a mi lugar de destino me tenía preparado algunos regalos. Si, más regalos aún. 

 Anochecía cuando llegamos a las inmediaciones del oasis. Antes de buscar refugio entre sus palmeras contemplamos la puesta de sol desde las ruinas de una antigua fortificación romana reutilizada como prisión por los franceses. Llevo diez minutos delante del teclado y no se me ocurren palabras para describir lo que es una puesta de sol en el desierto. Cada vez que lo recuerdo miro al horizonte y me entran ganas de llorar.

 Si así es señoría, miembros del jurado pude disfrutar de una de las puestas de sol más hermosas del mundo. Pero no acabaron aquí los regalos que el oasis nos iba a proporcionar.  

Tras aparcar nuestras monturas bajo unas palmeras, cansados, sucios y hambrientos, descubrimos que la guinda del día estaba por llegar. Allí, bajo las palmeras, en la fría noche del desierto, teníamos a nuestra disposición una manantial de aguas termales donde quitarnos el polvo del camino y relajar nuestros agotados músculos.

 El resto ya es historia: cena en la jaima, te y chicha de postre, mirar las estrellas tumbado en una duna y dormir como un lirón para reponer fuerzas.

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