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Palos de Ciego

Túnez, día 34: Otro domingo, otro regalo

No es la primera vez que escribo un diario de viaje y se una, me es más difícil escribir un día que no haya ocurrido nada que un día que hayan pasado muchas cosas. Los recuerdos se me agolpan en la memoria peleando por salir, lo sentimientos son diversos y generalmente enfrentados, las anécdotas cómicas se codean con los momentos melancólicos.

Este domingo, como casi todos los que he vivido en este país, ha sido un regalo que me he hecho. Estoy aquí para trabajar, para dejar contento al cliente-a buen entendedor-, como ya dije alguna vez, suelo ser bastante gilipollas y he trabajado incluso algún sábado (puedo escuchar las risas desde aquí), pero los domingos me los regalo. Nada de hotel, nada de haber que hacemos hoy. Los domingos, por ahora, son a ver que hago hoy, en singular. Quien quiera que me acompañe.

Escalope-man se ha ido, me ha abandonado. La culpa no es suya. Este fin de semana estoy con unos compañeros de la empresa. Buena gente, el argentino el que más.

A pesar de serlo, ayer no dudaron en que fuésemos a trabajar. Hoy se han quedado en el hotel. Haciendo no quiero saber el que. El argentino al menos se ha levantado tarde. Lo siento, parece un buen compañero de viaje, aunque creo que hubiese pedido volver temprano, tenía (quizás aún lo tenga) trabajo que hacer para mañana.

Llevo ya unas cuantas líneas y aún no he contado anda de lo que he hecho hoy. Es que los recuerdos se me agolpan, los sentimientos son diversos...eso ya lo he contado.

Ha sido un día redondo, para enmarcar. Por lo bueno y por lo malo.

He salido temprano, como a mi me gusta. Hacia el sur, hacia el desierto, sin ningún plan definido

Recuerdo una escena de Lawrence de Arabia-inmenso Peter O'Toole-cuando el jeque árabe le dice a Lawrence algo así como que él, Lawrence, es otro de esos locos que aman el desierto pero que ellos los árabes lo que aman es el agua, las plantas, la vegetación que no tienen y con la que sueñan cada día. Creo que yo soy uno de esos locos enamorados del desierto. Ya de pequeño jugaba a exploradores en las dunas de Doñana y la mayoría de los cuentos que invento-tendré que escribirlos algún día-me gusta ambientarlos en algún lugar árido y desértico. Y aunque nuca tuve el valor de convertirme en el explorador que soñaba de pequeño he aquí que la vida generosa como siempre me da la oportunidad de cumplir mi sueño (ya se lo cobrará más adelante, estoy seguro)

Mis pasos o mejor dicho mis golpes de volante me han llevado a Nefta, la Princesa del Desierto, ciudad puerta entre el mundo controlado a medias por el hombre y el Gran Erg, el desierto del Sahara.

Esta vez he hecho lo que hace tiempo que no hago, contratar a un guía. Un señor mayor, de más de 55 años, con cuarenta de oficio en las espaldas según me ha contado. He ha conducido placidamente por la zona antigua, sus callejuelas, sus casas de ladrillo berebere, sus puertas. Me lo ha ido explicando todo, en francés e italiano, incluso ha usado algunas palabras en alemán. Como último recurso me señalaba y lo decía en árabe, para que yo lo aprendiese. Tal despliegue de lenguas es para quitarse el sombrero y aplaudir. A el por conocerlas y a mi por entenderle porque creo que le he entendido todas las historias que me ha contado, y han sido varias. Hemos paseado tranquilamente por el oasis, he comido 5 o 6 tipos diferentes de dátiles, me ha enseñado a diferenciarlos, a distinguir los maduros de los que no lo están.

He comprobado con mis propios ojos una realidad que todos conocemos: el agua es la vida. Eso no es nuevo, todos lo sabemos. Vale, vale. Aquí esa idea se hace más real que en cualquier otro sitio. Observas perplejo como a un lado del camino una vegetación exuberante, llena de vida y color observa sonriente al sol celebrando la vida, el agua, en todo su esplendor. Al otro lado del comino, sin solución de continuidad, se encuentra...nada. No hay nada. La vida es segada sin compasión. No hay agua no hay vida. A simple vista no la hay, sobre los métodos de supervivencia en condiciones de vida adversa y otros milagros de la naturaleza al National Geographic me remito. Aunque esos milagros se sustentan en encontrar agua o retenerla. Al otro lado del camino se extienden cientos y cientos de kilómetros de la región más dura y peligrosa del planeta, al menos hasta que vaya a la antártica y escriba desde allí un diario de viaje.

Para los que esté diciendo que no es para tanto, decirles que pueden que tengan razón. Aquí le "verdadero" desierto, al de arena, dunas y viento está acompañado del Chott. Blancas depresiones saladas que se suceden durante más de trescientos kilómetros. Estos traicioneros amigos tan pronto recogen el agua de la lluvia, como superan con facilidad los treinta grados. El aire vibra suavemente, como si cantara en silencio. Las imágenes se hacen difusas y un eterno mar se vislumbra en la lejanía. Un mar maldito, juguetón, que te vigila y se aleja de ti lo justo para mantener la distancia, lo justo para mantener la ilusión y la esperanza.

Caminando junto a aquel hombre, haciendo fotografías según sus indicaciones o según las mías, atento a sus gestos, a sus palabras me he traslado en el tiempo. No estoy invocando la tan manida imagen poética de verme recorriendo la ciudad en su máximo esplendor, escuchando los ecos del mercado, las caravanas beréberes llegando desde el corazón del desierto, los imanes en las mezquitas-esto aún permanece, Nefta tiene 26 mezquitas. No, es algo más personal. Viendo a este hombre, entrado en años, moreno, con arrugas en la piel, una mirada que dice más cuando calla que cuando habla me viene a la mente otro hombre del desierto, en principio sin rostro. Pienso en películas, intento recordar pasajes de libros pero siento que hay una pieza que no encaja. Entonces me fijo en su cojera y pienso lo que ya he dicho muchas veces. La vida se construye a base de detalles, y de casualidades. Un hombre cojeando me guía en el desierto del Sahara y recuerdo otro desierto a miles de kilómetros de distancia. El primer gran desierto que conocí, el Gobi y recuerdo el hombre que nos condujo, a mi hermana, a mis amigos y a mi, a conocer sus secretos. Un hombre moreno, piel curtida por el viento de aquel desierto, un hombre que miraba siempre al horizonte, buscando el mejor camino. Un hombre del desierto, un hombre que también cojeaba.

Leí hace tiempo que para escribir hay que vivir. Todavía no me he decidido a darle la razón, pero está claro que hoy he vivido mucho. Se hace tarde, mañana he de madrugar pero no puedo parar, creo que hoy padezco de incontinencia verbal. Como casi siempre.

Toda una mañana no han sido suficientes. El cuerpo, la mente y el alma me pedían seguir explorando. Deposito lleno, botellas de agua, sin cobertura en el móvil, sin mapa y el sol como referencia. Las condiciones perfectas para atravesar chott El-Gharsa dirección a Chebika (un saludo a los fans de la Guerra de las Galaxias). No voy a hablar mucho más del paisaje. Lo dicho anteriormente y las fotos hablan por si solas (poco a poco se acaba la incontinencia verbal). No ha sido mucho recorrido en coche, unos 60 Km., la autentica aventura automovilística vendrá después, pero ha sido fascinante. Una carretera completamente recta y llana, el Chott a ambos lados y al frente las montañas...y ni un solo coche con el que cruzarse.

Chebika ha sido la sorpresa del día. Pensaba encontrarme un par de palmeras enclavadas en un risco rodeando un pueblo de reciente construcción. Nada más lejos de la realidad. El oasis pequeño pero elegante, está custodiado por las ruinas de un pueblo abandonado. La fuente, de aguas cristalinas es fácil de encontrar siguiendo el canal de riego principal. Todo rodeado de montañas y rocas. Para los cinéfilos decir que aquí se rodó el Paciente Ingles y que seguro George Lucas se paso hace ya mucho tiempo para rodar alguna escena de la Guerra de las Galaxias. El paisaje es agreste y rojizo. Las rocas están cortadas a cuchillo, en láminas de diversos grosores. Se pueden distinguir incluso restos fosilizados de restos marinos. Ya se va aclarando lo de la sal del Chott. Poco más que decir, salvo tal vez que desde lo alto de uno de los riscos cercanos he podido contemplar uno de los atardeceres más hermosos que haya visto en mi vida. Los ocres, naranjas y morados se fundían con el blanco y amarillo del horizonte. Las finas nubes, oscuras, prometiendo una lluvia que no siempre llega, hacían que la paleta de colores fuera más original de lo habitual, menos limpia, mucho más difusa. Desde mi atalaya podía ver cientos y cientos de kilómetros de desierto. Ahora me explico porque el ejército romano tenía una pequeña guarnición en este solitario paraje.

Del regreso de noche por una carretera de montaña no voy a comentar nada. Quiero demasiado a mi madre para darle ese disgusto.

Un día largo y muchas ganas de escribir. La habitación del hotel está hoy más triste que de costumbre. Me imagino, escribiendo estas líneas, sentado con vosotros, tomando un café o un te, riendo, hablando, contando estas mismas historias que ya conocéis por el blog y que escucháis con paciencia. A veces me cayo e intento sacaros algún tema diferente, pero todos sabéis que es superior a mis fuerzas y de nuevo me preguntáis por este o aquel detalle, sabiendo que eso abrirá de nuevo el baúl de los recuerdos e historias.

Y pediremos otro café o un te o quizás se haga tarde y nos pidamos algo más fuerte.

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